De los orígenes y fundamentos de la huevada



El hecho de festejar la graduación tirando huevos y diversos líquidos putrefactos al egresado, es degradante para la institución universitaria y una conducta típicamente inmadura, contaminante, antisocial y ridícula por antonomasia.


Alguna vez, hubo quien se recibió y hubo quien le rompió un huevo en la cabeza al flamante profesional, quizá para demostrar lo sólido de su formación intelectual. Como la estupidez y la violencia innecesarias prenden rápido entre los imbéciles, que por otra parte son mayoría, hubo también quienes se impresionaron por el acto, y lo imitaron, hasta perpetuarlo en tradición. Finalmente lo espontáneo se convirtió en una ceremonia solemne y cuidadosamente planificada, casi un requisito más del plan de estudios.


¿Por qué hay quienes anhelan que les tiren huevos, harina, cosas podridas, los rapen, los desnuden, los pinten, les saquen fotos en esa situación? No puedo comprenderlo. Aún así, intuyo que ha de ser por una cuestión psicológica bastante superficial: sólo estarán justificados para hacerlo una vez en su vida, por lo tanto, deben aprovechar la oportunidad, o perderla para siempre.


¿Qué pensará el tipo que tiene que limpiar la mugre que dejan los nenes de papá? Adivino: “pendejos hijos de puta, estudian a costa mía y encima tengo que limpiar su mugre”.


¿Qué pensarán los turistas? “Mirá, John, aquí debe ser la Universidad de Payasos de la que nos hablaron…”


¿Qué pensará la señora que mira Bailando por un sueño? “¡Ayyy, qué lindo, se recibió! ¡Mirá cómo le tiran huevitos!”


Raparse es “la forma más sutil” de escribirse un cartel que diga “me recibí, y por lo tanto no me importa ser feo como un militar o un monje tibetano, lo importante es que todos lo sepan”.


Se ha implementado un sistema de notificaciones por el cual se le comunica al estudiante que si realiza los festejos en cuestión, en la puerta de la Facultad, será sancionado y se le demorará el trámite de entrega de diplomas. Por ahora no escuché que a nadie le hayan aplicado ninguna sanción. Lo que me asombra es que a los firmantes no les interesa en absoluto.


Tampoco interesa a nadie (o nadie lo manifiesta en forma expresa) que el edificio ensuciado sea Patrimonio de la Humanidad, de inmenso valor histórico y cultural.


En el fondo, lo que más me duele, es que la estupidez sea planificada. No tengo nada contra la estupidez espontánea (en realidad, esta frase sólo existe para reforzar la contradicción, dado que la estupidez espontánea también me causa profunda repulsión, en especial la propia). Pero la estupidez planificada me duele con intensidad mayúscula, sobre todo a la vista. La estupidez de hacer algo estúpido, sólo porque otros estúpidos lo hicieron con anterioridad, y muchos estúpidos lo harán en el futuro. Y sea disculpada toda redundancia, pasa que no me puedo resistir a las esdrújulas.

No hay comentarios: